A Daniel Chocobar sólo lo conozco de oídas. Nunca lo vi personalmente ni lo escuché cantar (salvo en un video circunstancial que encontré en You Tube). Pero es de esos seres a los que la memoria trae de vuelta cada tanto y sienta a la mesa del café, en el living de casa o junto a la computadora de la Redacción (como ahora: acabo de leer que esta noche va a tocar su acordeón en la Casona Cultura La 9 de Julio).

A la primera anécdota sobre él me la contaron hace ya varios años, pero estoy seguro de que fue esa la que lo transformó en un recuerdo imprescindible: dicen que Daniel, un músico autodidacta y ciego que vive en Anfama, estaba de visita en la casa de su tía Aída, en el Lamedero de Tafí del Valle, y que les pidió a sus primas que lo llevaran a pasear por la villa. En plena caminata deslizó con una sonrisa que las chicas tafinistas le parecían lindas. Ellas, descolocadas, le preguntaron cómo podía saberlo. La respuesta las descolocó aún más: "porque siento sus perfumes".

Escuché otras historias y en todas (o en la mayoría) descubrí alegría. Y eso que no es el único miembro de la familia con problemas en la vista (una de sus hermanas también los padece), que Anfama es hermosa, pero bien pobre y que si ser ciego en la ciudad es difícil, es probable que en el cerro lo sean todavía más.

Daniel está lleno de virtudes: quienes lo conocen dicen que es gentil y educado, que no sabe de maldades y que explota de optimismo. Adentro mío le agrego otra más: la ceguera. Porque, en realidad, creo que esa condición le permite ver más que muchos de los que solemos observar la vida con las anteojeras de las pequeñas o grandes miserias cotidianas. De hecho, creo que puede enseñarnos a mirar.